Autor: Robert Gaitán / Soporte técnico Sistemas Integrales
La globalización
Antes de comprender la importancia de adoptar una cultura de calidad dentro de una organización, es necesario responder una pregunta fundamental: ¿por qué la calidad se volvió tan relevante? Uno de los factores clave es el impacto que la globalización ha tenido en los mercados.
La globalización integra a los países mediante el intercambio económico, cultural, tecnológico y comercial, permitiendo que productos, servicios e incluso prácticas sociales trasciendan fronteras. Como resultado, los consumidores actuales tienen más opciones, mayor acceso a información y expectativas considerablemente más altas, incrementando la presión sobre las organizaciones que desean mantenerse competitivas en un entorno amplio, exigente y en constante transformación.
En este contexto, las empresas que buscan un crecimiento sostenible deben enfocar su atención en la calidad de los productos y servicios que ofrecen. La globalización ha generado un mercado más informado y crítico, donde la simple disponibilidad ya no es suficiente: ahora es indispensable asegurar el cumplimiento de los requisitos del cliente e incluso superar sus expectativas.
Competencia, competitividad y calidad
Para mantenerse vigente, una organización debe ser realmente competitiva. La competencia surge cuando existen múltiples alternativas para satisfacer una necesidad; en cambio, la competitividad proviene de la capacidad de una organización para ofrecer un valor superior frente a dichas alternativas. Ese valor puede generarse a través de precios competitivos, desempeño sobresaliente o prácticas responsables con la sociedad y el medio ambiente. Aunque las fuentes de valor pueden variar, todas convergen en un elemento común: la calidad.
Por ello, la calidad se convierte en un principio central. En la actualidad, no solo implica entregar un producto que funcione, sino cumplir consistentemente con los requisitos aplicables y satisfacer de manera confiable lo que el cliente necesita.
Perspectivas clásicas de la calidad
Diversos expertos han enriquecido el concepto de calidad desde diferentes enfoques. Uno de ellos fue Joseph Juran, ingeniero y consultor de gestión rumano-estadounidense, conocido por popularizar el Principio de Pareto, cuyo propósito es identificar los factores que tienen el mayor impacto en los resultados esperados (la conocida regla del 80/20). Juran definió la calidad como “adecuación al uso”, destacando la importancia de entregar un producto libre de defectos y capaz de cumplir con su propósito.
Por su parte, W. Edwards Deming, estadístico y consultor, fue responsable de evolucionar el ciclo PHV a PHVA (Planear, Hacer, Verificar y Actuar). Además, desarrolló los catorce principios de gestión de calidad, convirtiéndose en una de las figuras más influyentes en la disciplina. Su trabajo influyó en la creación de reconocidos premios como el Premio Deming en Japón y también en la consolidación del movimiento de calidad que más tarde daría origen a iniciativas como el Premio Nacional de la Calidad en Estados Unidos. Deming entendía la calidad como un elemento estratégico basado en la mejora continua, enfatizando la estabilidad y optimización del sistema.
Finalmente, Philip Crosby, empresario estadounidense, fue reconocido por conceptos como “Cero Defectos” y “Los Cuatro Absolutos de la Calidad”. Crosby complementó las perspectivas anteriores al afirmar que “la calidad es cumplir los requisitos”, independientemente de si el producto es de lujo o económico. Para ilustrarlo, presentó su conocida analogía:
“Si un Cadillac cumple con los requisitos de un Cadillac, es un producto de calidad.”
En síntesis, la calidad puede entenderse como el grado en que un conjunto de características inherentes de un objeto cumple con los requisitos establecidos (según lo descrito en ISO 9000), proporcionando satisfacción tanto al cliente como a partes interesadas como colaboradores, accionistas, comunidad y medio ambiente. Por ello, se convierte en un elemento diferenciador que impulsa el posicionamiento competitivo de una organización.
Cultura de calidad
Comprendida la importancia de la calidad, surge una pregunta esencial: ¿cómo asegurar que una organización realmente ofrezca calidad? Si bien las empresas implementan tecnologías, metodologías y políticas internas, estas iniciativas son insuficientes si no están respaldadas por un compromiso genuino de las personas que integran la organización. Sin ese compromiso, las acciones se vuelven aisladas, poco efectivas y carentes de propósito.
El motor que permite que la calidad se materialice es la sensibilización y el compromiso con el cumplimiento de los requisitos, tanto del producto como de las actividades diarias. A esto lo llamamos cultura de calidad.
Contar con una cultura de calidad significa ejecutar los procesos, atender a los clientes, abordar los problemas y cuidar el ambiente de trabajo con disposición, responsabilidad y competencia. Es convertir la calidad en un hábito organizacional, en una forma de pensar que guía cada decisión. Cuando esto ocurre, la mejora continua deja de ser una obligación y se convierte en una convicción colectiva.
Para fomentar una cultura de calidad en toda la organización, es necesario comprender que esta se conforma por elementos clave:
• Liderazgo comprometido: directivos que predican con el ejemplo, establecen expectativas claras y priorizan la calidad sobre soluciones rápidas.
• Personal participativo: colaboradores empoderados, capacitados y conscientes del impacto de su trabajo.
• Comunicación efectiva: información clara, accesible y oportuna que evita malentendidos y promueve coherencia.
• Orientación al cliente: decisiones alineadas al bienestar y satisfacción del usuario final.
• Aprendizaje continuo: disposición para mejorar, adaptarse y corregir fallos.
• Confianza organizacional: un ambiente donde las personas puedan comunicar problemas sin miedo a represalias.
Estos elementos se fortalecen mediante prácticas que refuerzan los valores y comportamientos deseados, como reconocer el trabajo bien hecho, fomentar espacios de retroalimentación honesta, promover la transparencia en la toma de decisiones y eliminar prácticas que privilegian la rapidez por encima de la calidad.
El papel del error en la cultura de calidad
¿Qué sucede con los errores que pueden surgir durante los procesos? En una cultura de calidad, el error no se oculta ni se penaliza; se analiza de manera sistémica para comprender qué parte del proceso falló y cómo evitar que vuelva a ocurrir. Esta mentalidad permite aprender, mejorar y fortalecer la resiliencia organizacional, evitando prácticas como «culpar en lugar de analizar las causas», las cuales generan variabilidad no deseada, reprocesos y pérdida de confianza del cliente.
Una convicción colectiva
Un ejemplo ampliamente reconocido es Toyota. Su filosofía de trabajo, basada en el respeto por las personas, la eliminación del desperdicio y la mejora continua permitió desarrollar una cultura tan sólida que cualquier trabajador tiene la autoridad para detener una línea de producción si detecta un problema. Esta práctica, conocida como jidoka, evita defectos, fomenta la responsabilidad y asegura consistencia en la calidad. El éxito de Toyota no proviene solo de herramientas técnicas, sino de su cultura.
En conclusión, la calidad no se logra únicamente mediante herramientas, metodologías o tecnología; se construye a partir de la convicción colectiva de hacer las cosas bien. Cuando una organización adopta una cultura de calidad, cada persona comprende su impacto, asume su responsabilidad y contribuye a generar resultados consistentes. Esto convierte la calidad en un hábito organizacional que fortalece el desempeño, incrementa la satisfacción y sostiene la mejora continua.